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    Pirámide Carstenz

    EXPEDICIÓN A LA PIRÀMIDE DE CARSTENZ

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    Si lo importante no es el destino, sino el camino que nos lleva a él, esta expedición habrá sido un claro ejemplo de ello. Aquí el objetivo ha sido muy importante, pero sobre todo porque nos ha hecho experimentar todo el trayecto necesario para llegar a él.  Escalar la cumbre de la Pirámide de Carstenz ha sido una meta muy interesante dentro del proyecto de las “7 Cumbres del mundo”, pero todavía lo ha sido más lo que hemos vivido hasta llegar a la montaña.

    DESTINO SUGAPA

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    Nuestro primer destino era llegar a un pueblecito instalado en plena selva de Papúa (Indonesia), denominado Sugapa, desde dónde salde una de las rutas que llevan al Campo Base de la Carstensz.  La otra ruta es un pueblo más al norte denominado Llaga, pero que a menudo tiene problemas con un grupo de indígenas rebeldes, y no se acostumbra a hacer tanto.

    Per llegar a Sugapa, se tiene que coger un vuelo privado en Timika, en una avioneta pequeña que pueda aterrizar en su minúscula pista tímidamente asfaltada, que han preparado rascando un poco en la espesura de la montaña.

    Todo esto nos lo organiza una agencia especializada llamada “Adventure Indonesia”, pues es obligatorio ir con un agente homologado para que el gobierno indonesio te dé el permiso para escalar la Pirámide de Carstenz.  A parte, también la logística que requiere esta expedición hacer necesario contar con alguien local que lo organice.  Nuestro grupo estaba liderado por un guía titular llamado Meldi, que hablaba indonesio e inglés, pero ninguno de los idiomas que luego se necesitan para convivir con los indígenas de la selva.

    Nosotros llegamos a Timika el viernes 7 de noviembre a las 9 de la mañana, provenientes de Yakarta, y esperábamos poder volar inmediatamente a Sugapa, pues debido a la climatología, los aviones sólo vuelan allí si hace buen tiempo entre las 8 y las 13h00.  Así pues, la hora era buena y el tiempo también, pero resulta que el avión se había averiado y nos hicieron esperar un día entero en Timika.
    Ésta ciudad está situada en el sur de Papúa, en la parte Indonesia de la isla.  Uno enseguida se da cuenta de que no está en un lugar nada turístico.  Como ejemplo podemos decir que un par de miembros de nuestro grupo querían aprovechar para mandar unas postales a familiares, y en toda la ciudad no encontraron.

    Constituíamos un grupo de 7 montañeros, de los cuales sólo conocía a dos.  A Nacho Bacigalupe, de Burgos, y a Paco Biongos, de  Plascencia (Extremadura), ya los conocía de otras montañas.  Los dos son buenos escaladores que están en el proyecto de las “7 Cumbres”,  y ya habíamos quedado para ir juntos a la Carstensz.  A los demás los encontramos en Yakarta al coger el vuelo a Timika.  Todos tienen una amplia experiencia en montaña. Uno, el italiano Giuseppe, con el que compartiría tienda, ya ha terminado las “7 Cumbres” versión ‘Kociusko’ (La cumbre australiana de la primera edición de Dick Bass), y con esta montaña acaba también la versión ‘Carstensz’ (Considerada como más interesante y con más prestigio dentro de este proyecto) A Bill, un canadiense de origen irlandés, sólo le falta esta cumbre para acabar el reto.  A Andries, otro canadiense, le falta esta montaña y el Mc.Kinley para terminar.  El último es un danés llamado Carsteen, que es el único que va haciendo montañas diversas sin ningún objetivo concreto, y que está muy ilusionado en esta en concreto por la similitud de su nombre con el de la cumbre.   De esta forma, y como es normal, en esta montaña nos encontramos todo un grupo de “Seven-Summiters”, pues como es sabido, a esta cumbre casi sólo viene gente que está llevando a cabo este proyecto.

    A SUGAPA A PUNTO DE MARCHA, PERO….

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    El sábado día 8 volamos por fin a primera hora de la mañana hacia Sugapa, situada a 2.240 metros de altura sobre el nivel del mar.  El vuelo dura 50 minutos y nos traslada por encima de la selva hasta el punto de salida de nuestro trekking de aproximación a la montaña.  Nada más aterrizar ya nos damos cuenta de que estamos absolutamente fuera de la civilización. 

    Aterrizamos en una mini pista dónde la avioneta nos dejó y volvió a despegar en cinco minutos.  No hay ni alguna pequeña edificación al lado de la pista; sólo una pequeña multitud de gente local que nos viene a recibir y nos acompaña al pueblo, como si de un gran acontecimiento se tratara.

    Estábamos convencidos de que saldríamos para la primera etapa el mismo día  al llegar, pero como muchas otras cosas en este viaje que pensábamos que serían de una manera y resultaban de otra, no pudimos empezar a andar el mismo sábado.  Meldi, el guía que lideraba nuestro grupo, nos dijo que se necesitaba tiempo para organizar todo el tema de los porteadores y el material, aparte de tramitar todo el tema de las autorizaciones con la policía local.  Así pues, el hecho es que perdimos toda otra jornada sin hacer nada en Sugapa.

    A pesar de eso, fue realmente interesante conocer este lugar, pues es ya una población aislada y propia de plena selva.  Reúne población tanto de la tribu “Moni” como de la “Dani”.  Aquí sólo hay algunas casas de manera y cabañas propias de las tribus de la zona.  Todos las casitas o cabañas están dispersos, excepto unas cuantas que conforman una especie de calle principal, dónde hay instaladas unas cuantas tiendas muy sencillas, con productos básicos y, curiosamente, regentadas todas por indonesios no originales de la zona.  Nada de artesanía o de recuerdos para turistas, pues aquí, aparte de unos poquísimos grupos de montañeros al año, no viene nadie más.  El 70% de la gente va descalza, y muchos de los hombres que pertenecen a la tribu ‘Dani’, utilizan como único vestido una “Koteka”, que es un tubo de caña que se apoya en el pene por la parte da abajo, y va atado a la cintura en la parte de arriba.  Queda muy elegante y los viste mucho, supongo; pues el día siguiente, domingo, vimos que alguno de los mismos ‘Dani’ iban muy arreglados, es decir, llevaban una “Koteka” más larga y decorada.

    Nos encontramos en uno de aquellos escasos lugares en los que nosotros, como visitantes, suponemos un elemento tan exótico para los habitantes del pueblo, como ellos lo son para nosotros. Somos el quinto grupo de montañeros que aparece en la zona, pues la Pirámide de Carstenz había estado cerrada durante 10 años, hasta el 2.006, por conflictos en la zona.  Y desde entonces, las pocas expediciones que se han organizado, iban por el medio de una mina gigante de oro y cobre que hay cerca de la montaña, ganando así en seguridad, rapidez y comodidad.  Ha sido propiamente a partir de este año, cuando ha quedado totalmente prohibido el paso a través de la mina, que se ha desarrollado la ruta de Sugapa para acceder a la base de la cumbre.

    Antes de ir a dormir el guía nos anunció que, para recuperar el día perdido, iríamos por una nueva ruta que sólo dura cuatro días.  Los dos primeros son nuevos, y después habríamos de empalmar con los dos últimos días de camino de la ruta normal.  En principio a todos nos pareció bien, pues entendíamos que él era el responsable y tenía clara la decisión; pues a nosotros, a priori, tanto nos daba la ‘nueva’ ruta como la ‘normal’, y ya nos iba bien recuperar el tiempo perdido.

    El domingo todo estaba listo, pero los porteadores querían ir a misa de nueve, y tuvimos que esperar a que terminase para poder salir.  Nosotros también aprovechamos para ir, pues era todo un espectáculo de ver aquella ceremonia en aquel lugar.  Finalmente, cundo ya parecía que nada nos impediría iniciar la marcha, nos encontramos con un nuevo retraso con un espectáculo insólito: Después de que fuesen llamando a cada uno de los porteadores por su nombre para asignarle un bulto y hacerle un pago a cuenta de su salario, se organizó una rebelión entre todos los hombres que estaban esperando a ser llamados y que no formaban parte de la lista.  Tanto fue así, que se nos plantaron delante de la casa dónde estábamos, y no nos dejaban salir.  La explicación que se nos dio fue que todos querían el trabajo y que consideraban que se había favorecido más a la tribu ‘Moni’ que a la ‘Dani’.  Más adelante descubriríamos que el tema ere mucho más complejo y que, de alguna manera, se nos estaba engañando a nosotros en toda una problemática que, al final, nos perjudicaría bastante.   El conflicto tardó unas dos horas en arreglarse y, en algún momento, parecía que el ambiente se caldeaba más de la cuenta y podría ir a más.  Estamos hablando de una discusión entre gente en que la mayoría lleva encima un machete, un arco con sus respectivas flechas, y muchas cicatrices en su cuerpo, fruto de las todavía recientes guerras tribales en las que habían luchado.

    Por suerte el tema no fue a mayores y nos dejaron marchar, por fin, hacia nuestra particular excursión por la selva.

    Hay que aclarar que el total de nuestro grupo estaba formado por unas cuarenta y cinco personas: Los 7 montañeros; 3 personas de la agencia (el guía titular, más el guía de montaña, más un cocinero o ayudante); 30 porteadors que llevaban todos los bultos del grupo (Comida, Tiendas, Material de escalada, etc…) y una mochila de 15 Kg. para cada uno de nosotros; y unas 5 personas (3 mujeres y 2 niños) que se juntaron a los porteadores bien por curiosidad, bien para ayudar a llevar cosas para ellos.
    Aquella primera jornada fue bastante corta, pues habíamos empezado ya tarde con todo el tinglado.  A pesar de ello, ya veíamos que el terreno por dónde pasaríamos sería bastante complicado y, sobre todo, muy embarrado.  Fuimos a dormir a un poblado denominado “Kusagee”,  a 1.835 metros de altura, que tenía sólo unas cuantas cabañas y un par de pequeñas edificaciones de madera.   Una era la iglesia, y la otra era una especie de escuela dónde dormimos nosotros.  Según nos explicaron, allí nunca había dormido un occidental y, de verdad que por la cara que ponían todos los habitantes, nos lo creímos del todo.

    DE KUSAGEE A “NOWHERE”

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    La mañana siguiente salíamos ya más equipados con las botas altas de ‘Gore-Tex’, las polainas y los palos para andar con más equilibrio dentro de la selva.

    El espectáculo era maravilloso, pues todo el poblado estaba allí para darnos los buenos días y para despedirnos, mientras estábamos rodeados de montañas absolutamente tupidas de vegetación y medio cubiertas de niebla.  Luego nos empezamos a adentrar en plena jungla, y fuimos encontrando todavía durante las primeras horas algunos pequeños grupos de cabañas con gente viviendo.  A partir de allí, ya no vimos a ninguna persona más excepto a los propios miembros de nuestro grupo; y el camino se fue complicando cada vez más, pues no había ningún sendero marcado, sino únicamente el propio rastro que iban dejando los propios porteadores que encabezaban y guiaban nuestra marcha.

    Estábamos impresionados y maravillados por la pureza de esos bosques.  Yo, al menos, me pasé el día alucinando tanto con la vegetación como con el recorrido tan salvaje que estábamos haciendo. 

    Subíamos y bajábamos sin parar por unos senderos que medio se sugerían entre el verde del bosque, siempre con mucho barro y con constantes patinazos.  Cruzábamos pequeños ríos bien por el medio, bien mediante pequeñas pasarelas improvisadas.  Y a menudo superábamos pequeños cambios de nivel del camino por encima de troncos que bien los habían puesto los porteadores, bien se aprovechaba que habían caído en el camino.

    Todo genial, pero al mediodía, durante una parada para comer y reponer fuerzas, algunos ya empezaban a quejarse de la dureza del recorrido.  Veíamos que casi no avanzábamos y que era muy fácil hacerse daño en algún resbalón o con alguno de los muchos agujeros que había entre la vegetación y las raíces.  Pero todos estaban animados, pues era una gran experiencia y, al fin y al cabo, sólo duraría lo que quedaba de jornada más aproximadamente la mitad de la siguiente, ya que entonces ya deberíamos encontrar el camino que subía de la ruta normal.

    Por la tarde empezó a llover de verdad, y así continuó durante unas tres horas hasta que llegamos al lugar dónde se habían parado los porteadores más avanzados para instalar el campamento, a 2.730 metros de altura.  Tres de nosotros íbamos muy avanzados respecto al resto del grupo, y pudimos ver como de la nada, en un pequeño claro del bosque, los porteadores empezaban a cortar troncos a destajo y se montaban dos grandes cabañas.  En seguida  se pusieron todos dentro de las cabañas y encendieron un buen fuego.  Nosotros como estábamos mojados como pollos, también nos refugiamos allí, pero era realmente difícil aguantar ahí dentro mucho rato, pues estaba absolutamente lleno de humo al no haber ninguna salida más que la propia entrada de la cabaña.  Sólo se podía aguantar estando sentado o casi estirado.  Toda la ropa que llevamos hace un intenso olor a humo que, con toa seguridad, ya no la eliminaremos nunca más por mucho que la lavemos; pero el peaje habrá valido la pena, pues las horas compartidas con aquella gente allí dentro han tenido un valor increíble.

    Realmente comunicarnos con ellos ha sido muy complicado, pues sólo hablas su lengua indígena, y ni los dos guías o el ayudante cocinero los entienden demasiado.  De todas formas, con los días fuimos haciendo muy buena relación con unos cuantos y, de alguna manera, nos íbamos entendiendo.  Curiosamente, con uno de los que más ‘hablamos’ es Botius, un sordomudo que, imagino que ya acostumbrado a entenderse con el lenguaje de los signos,  le es más fácil expresarnos algo y, a la vez, entender lo que queremos decir.  Al final, él siempre estaba cerca de nosotros y nos servía a menudo de traductor entre nosotros y los demás porteadores.  Uno de los aspectos que en seguida percibimos de esta gente, es que a pesar de ser una sociedad muy primitiva, tienen perfectamente claro el rol de cada uno en la tribu, y son muy respetuosos entre ellos:   Comparten casi todo lo que tienen (material, ropa, comida, etc…) y casi nunca discuten.  Al sordomudo, por ejemplo, se notaba que lo trataban siempre con mucha educación y respeto, y todos sabían comunicarse con él con un lenguaje de signos nada oficial, pero si eficaz.  Uno de los detalles que más nos sorprendieron, es que casi nunca gritaban.  Ni durante la marcha, ni durante las tareas de adecuación del campamento, ni durante las largas horas que compartían en sus cabañas acabadas de construir, los tonos de voz eran siempre bastante moderados. 

    Imaginad un grupo de 30 españoles agrupados en una cabaña tan ajustada y hablando… seguro que los gritos se oirían desde el último rincón de la selva.

    Al cabo de un buen rato fue llegando el resto del grupo, y tuvimos la primera mala noticia del viaje: Bill había caído cruzando un rio y se había roto dos costillas.  Pudo llegar al campamento, pero sabía que al día siguiente debería retirarse.  La única duda que tenía era si debía continuar para encontrar el camino normal y, luego, retroceder por allí al ser teóricamente más fácil, o ya tirar atrás por el mismo largo camino por dónde habíamos venido.

    A la que paró de llover, nos montaron nuestras tiendas prácticamente encima de unos matojos que medio recortaron.  Era incomodísimo, pero como enseguida volvió a llover, no hicimos nada para mejorar la situación y nos colocamos en las tiendas tal cual.  Los próximos días ya nos espabilamos para poner nosotros las tiendas en los lugares más correctos dentro de los sitios siempre más correctos, aunque siempre inadecuados, que encontrábamos para colocarlas.

    La primera jornada completa había sido muy larga y dura, y todos estaban muy derrotados, ya no tanto por el cansancio de tanto caminar, sino por la humedad que llevábamos encima.  Una vez en la tienda, sólo yo me levanté a cenar; y es que a mí me cuesta mucho perder el hambre.  

    Cuando nos llamaron los guías/cocineros, ya no llovía y la vista era excelente, pues estábamos en un lugar elevado de la selva.  Todos estaban resguardados en la tienda y ya enrollados dentro del saco de dormir, y yo me dediqué a llevarles la comida al estilo “Room Service”.  Aunque cabe matizar que yo era de los que mejor estaba porqué, aparte de que estaba eufórico en aquella situación tan auténtica, al llegar más pronto, me pude secar bastante con el fuego en la cabaña de los porteadores y, además, aquel día me toco por suerte dormir sólo en una tienda al haber cuatro, y ser nosotros siete.

    TERCER DIA DE SELVA…

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    Todos dormimos o, mejor dicho, pasamos la noche, como pudimos y, a la mañana siguiente, por suerte, nos despertamos con un buen sol que nos permitió, mientras desayunábamos, el  secarnos un poco mientras las principales cosas que necesitábamos: Mochilas, pantalones, anoraks y, sobre todo, las botas.

    Solamente hacía dos días que andábamos por la selva, y ya hacíamos cara de haber pasado allí un mes; pero todos estábamos contentos y positivos, pues teóricamente sólo nos quedaba un medio día en aquellas condiciones, para reencontrar ya luego el mejor camino de la ruta ‘normal’, y llegar al campo base de la Pirámide de Carstenz en un pare de días.

    Bill, que era doctor de profesión, estaba bastante fastidiado y decidió no jugársela y retroceder por el mismo camino.  Él decía que, a pesar de que lo encontraba muy duro para él, se veía capaz de hacerlo; en cambio lo que venía por delante no sabía como era y prefería no arriesgar.  Más adelante nos dimos cuenta de cuan inteligente había sido Bill, pues nada de lo que nos esperaba coincidía con lo que nos habían dicho.

    Estuvimos todo el día pateando de nuevo por la jungla, igual que el día anterior, sin encontrar ni rastro del camino ‘normal’ que debíamos cruzar.

    Por la noche, ya en el campamento que estaba a 3.100 metros de altura, el guía responsable del grupo nos dijo que lo sentía mucho, pero que todavía deberíamos tardar dos día más hasta el campo base; pues le habían informado mal y sería al día siguiente cuando encontraríamos la ruta habitual.

    Todos nos quedamos estupefactos, pues ya nos veíamos saliendo de la jungla y afrontando las últimas dos etapas teóricamente más asequibles hasta el Campo Base.  En general todos estábamos entre medio contentos por poder estar en un lugar tan increíble, y medio fastidiados porqué era muy agotador caminar por allí y, sobre todo, el vivir en unas condiciones tan incómodas.  La humedad en el cuerpo era constante, pues nos pillaba la lluvia en varias ocasiones durante la marcha; además, debido al barro y la humedad del suelo, era imposible ir con los pies secos, con el problema de ampollas y sensación desagradable que ello comportaba.  Después, la vida en el campamento era tristísima.  Nos teníamos que apresurar en montar la tienda en un momento que no lloviese, siempre antes de las 15h00 a ser posible, pues luego las lluvias eran  casi constantes con muy pocos momentos de descanso.  Una vez la tienda estaba montada, nos encerrábamos dentro y no salíamos ya hasta la hora de cenar, que solíamos hacer fuera, bajo un pequeño toldo que nos habían montado sin ningún lugar ni para sentarse y, siempre, con el suelo empapado dónde era difícil de estarse sin mojarse de nuevo los pies.  Después de comer algo, rápido a hacer un pipi y a encerrarse de nuevo en la tienda hasta las cinco o las seis de la mañana pera desayunar y retomar la marcha.  Y al despertarnos y activarnos de nuevo, la sensación de ponerse siempre la misma ropa todavía mojada del día anterior y, especialmente, los zapatos todavía humeados o empapados, según el día, era del todo desagradable.  Uno de los sistemas que descubrimos para secar un poco las cosas, era colocarla durante la noche en las cabañas dónde dormían los porteadores y , así , se secaban un poco con el fuego, a la vez que quedaban ya ‘ahumadas’ para siempre.

    Después de tres día caminando por la selva, uno se da cuenta de que realmente el mejor calzado que puede haber son los propios pies desnudos.  Excepto unos siete u ocho porteadores, el resto iban todos descalzos y, hay que reconocer, que en algún momento  envidiábamos seriamente no tener la piel adaptada y curtida para poder hacer como ellos.  Mientras nosotros teníamos que ir con un cuidado exquisito para ver dónde poníamos el pie en cada paso, ellos podían tirar recto, independientemente de si había agua, barro o troncos.  El agua y el barro no los afectaban, pues los pies igual que se mojaban o embarraban, se secaban o se limpiaban; y en el momento de pasar por sitios resbaladizos como troncos o piedras de río, constatabas que su planta del pie se adaptaba a la perfección, maximizando la superficie en contacto con el suelo, y avanzando con gran adherencia.  Además, los pies les sirven también a menudo para coger cosas o apartarlas del camino, pues usaban los dedos de tal manera que, a menudo, parecían manos.  Allí a uno le queda perfectamente clara la función que originalmente tenían nuestros pies y nuestra propia evolución ha ido diluyendo.

    Otra característica que sorprende de estos personajes, es su particular manera de llevar los pesos.  Cada cultura lleva los bultos de una determinada manera, y muchas de las antiguas lo hacen usando básicamente la cabeza.  Los ‘Moni’ y los ‘Dani’ también, pero a diferencia del sistema más habitual de soportar el paquete correspondiente encima de la cabeza, ellos lo colocan en una especie de bolsa de fabricación casera, y sostienen el asa de ésta en la frente… o sea, como una mochila, pero que se aguanta únicamente por la fuerza de la cabeza sujetándose en la frente.  Incluso la mayoría de nuestros porteadores colocaban dentro de esta bolsa la mochila de 15 kilos que les entregábamos, y a darle caña a su frente.  Ya en Tanzania, cuando veía a los porteadores colocar las mochilas y demás bultos encima de su cabeza, me cogía dolor de cervicales sólo de mirarlos; pero aquí el dolor percibido se multiplicaba por tres y me iba del cuello hasta la puntita del dedo gordo del pie.

    CUARTO DÍA EN LA SELVA…

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    Otra jornada igual o peor que las anteriores, pues cada vez era más complicado el avanzar.  Ahora, aparte de todo el menú del camino de los días anteriores, eran muy frecuentes y largas las zonas de raíces y árboles caídos.  Tanto era así, que Paco, el compañero de Extremadura, hizo un cálculo subjetivo pero, seguramente, bastante aproximado, de que habíamos estado más de un 25% del día sin tocar el suelo, y andando por encima de los troncos y las raíces.  Esto era bestial como sensación, pero cuando llevabas horas haciéndolo acababas bastante harto; aparte de que era muy fácil hacerse daño, ya que en ningún momento  se pisaba en firme y a menudo nos hundíamos entre medio de las ramas al poner el pie sobre un trozo de musgo que parecía sólido, pero que no tenía nada debajo.

    Ya avanzado el día, los porteadores se pararon para acampar en un minúsculo descampado de la selva y, cuando llegamos nosotros, ya estaban cortanto troncos como locos para montar su cabaña.  Los tres que siempre solíamos ir más avanzados que el resto de compañeros y los guías que, inexplicablemente, siempre iban los últimos, llegamos al lugar del supuesto campamento y nos dimos cuenta que no había espacio físico para colocar nuestras tiendas.  Como pudimos discutimos con los porteadores para hacerles entender que allí no podíamos dormir ya que sólo podíamos colocar las tiendas dónde ellos estaban haciendo su cabaña.  No les gustó demasiado nuestra protesta, y el que parecía más el jefe, dijo que allí nos quedábamos sí o sí.  Nosotros colocamos nuestras mochilas en medio de dónde estaban preparando su cabaña, haciéndoles señales claras de que de allí no nos si no avanzábamos un poco más y buscábamos otro lugar para acampar.   Ya estábamos a punto de tirar la toalla, pues no queríamos que el tema se crispase más, puesto que ellos eran muchos y todos llevaban, como mínimo, un cuchillo que hacía más de dos palmos de lago; y de golpe apareció otro porteador que dio cuatro gritos y todo se arregló.  Todos cogimos los bártulos y continuamos andando otra hora hasta encontrar un lugar relativamente más adecuado, que finalmente estaba situado a 3.030 metros de altura.

    Al llegar todos éramos conscientes de que no habíamos encontrado todavía el camino ‘normal’.  Cuando llegó Meldi, nos dijo que quería hacer una reunión contodos a la hora de cenar para analizar mejor la situación.  Después de unas cuantas horas aguantando la lluvia dentro de la tienda, salimos a cenar y el guía nos comunicó que no tenía ni idea de dónde estábamos.  Según lo que le habían dicho los porteadores, ya deberíamos de haber encontrado la ruta ‘normal’ hacía dos días, y cada noche le decían que la cruzaríamos al día siguiente.  Finalmente afirmó que, en el mejor de los casos, si la encontrábamos al día siguiente, tardaríamos todavía tres jornadas hasta el Campo Base.

    Aquí sí que todos empezábamos a estar ya bastante preocupados, pues si hubiésemos ido por la ruta habitual, a pesar del retraso inicial, en cuatro  o cinco días hubiésemos llegado al Campo Base, pero ahora nos habíamos estado desintegrando en medio de un infierno de jungla durante cuatro días y nos dábamos cuenta de que el que lideraba nuestro grupo no tenía ni la más remota idea de dónde nos encontrábamos y que, en el mejor de los casos, tardaríamos un total de siete días para llegar al pie de la montaña.  Quisimos hablar con el ‘jefe’ de los porteadores y, haciendo el circuito de traducciones necesario (Inglés-Indonesio-Moni o Dani), aclaramos un poco el tema.  En primer lugar, los porteadores que nos guiaban parecían tener muy claro que al día siguiente encontraríamos el puñetero camino normal; y luego, según todas las explicaciones que nos dieron, deducimos todos los entresijos de la situación:

    Resulta que los porteadores de la ruta ‘normal’, que pasaba básicamente en sus primeros dos días por  territorio de la tribu Dani, y más concretamente por la  población de Suangamma, cada vez querían subir más los precios de sus servicios a los de la agencia.  Por ello, el Sr.Kato, el encargado en Sugapa de negociar las condiciones del porteo de cada expedición, para hacer un pulso y una estrategia negociadora con los Dani, escuchó a los Moni cuando estos le dijeron que conocían una nueva ruta todavía mejor para ir al campo base de la Pirámide de Carstenz. 

    Evidentemente, esta nueva ruta pasaba por su territorio, y no era necesario que contratasen porteadores de la tribu Dani.  Por ello, sin haberse comprobado nunca la nueva ruta por parte de ningún responsable de la agencia, nos metieron a nosotros.  Y por eso hubo aquella rebelión el día de la salida, pues sólo se había contratado a porteadores Moni, y se amenazaba a los Dani de quedarse sin este negocio.

    Una vez descubierta toda la trama que nos había llevado a encontrarnos casi perdidos en medio de la selva, y a tener que superar unas etapas mucho más duras de lo que cabía imaginar, sólo nos quedaba una duda por resolver: ¿Podríamos regresar a Sugapa por la ruta normal, que pasaba por territorio Dani?  Pues el tema no estaba nada claro, ya que los ánimos de esta comunidad  no estaban demasiado calmados, e ir por  Suangamma significaba pasar por caminos que ellos habían arreglado, sin que sacasen en este caso ninguna compensación al no haber sido contratados.  Entonces nosotros nos plantamos y le exigimos a Meldi que hablase con sus superiores y que solucionasen como fuese aquel problema, pues nosotros no volveríamos por el mismo camino, ya que ni por fuerzas, ni por provisiones, ni por ánimos, ni por tiempo, nos veíamos capaces de poderlo hacer.  Y si no conseguían asegura nuestro paso por ese camino, denunciaríamos a la agencia por negligencia y estafa.  A partir de aquí nos garantizaron que el Sr.Kato, como representante de la organización, se desplazaría a Suangamma a negociar con los de la tribu Dani y garantizarnos el paso por allí.

    Los Dani y los Moni han tenido muchas disputas a lo largo de la historia y, hasta no hace demasiados años, era corriente que se enfrentasen a menudo en alguna guerra tribal.  Ahora, por suerte, hace más de cinco años que no hay ninguna pelea violenta y conviven en paz y normalidad, a pesar de que en ocasiones, por algún motivo cualquiera, hay cierta crispación entre ellos.  En una de las muchas conversaciones o intentos de conversación que tuvimos con los porteadores, todos se dedicaron a enseñarnos sus cicatrices producidas básicamente por flechas, de batallas que habían tenido con los Dani; y casi no había ninguno de más de veintidós o veintitrés años que no tuviese varias marcas de guerra en su cuerpo.

    POR FIN LA RUTA “NORMAL”

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    Al día siguiente todo el mundo estaba bastante serio.  Fuimos avanzando como siempre por medio de la selva espesa y, los tres que solíamos ir más avanzados, seguíamos de cerca a los porteadores de cabeza, que se iban abriendo camino con sus machetes en medio de la vegetación.  Al cabo de unas horas la cosa parecía que se iba aclarando y, finalmente, hacia las dos del mediodía, nos cruzamos con un sendero que se notaba muy pisado y que, sin duda, tenía que ser el camino de la famosa y deseada “Ruta Normal”.

    Efectivamente, la cosa se estaba animando, pues clarísimamente habíamos encontrado un lugar conocido por todos.  Los ánimos de todos cambiaban por momentos, y la marcha del grupo empezó a aligerarse hasta el lugar dónde montamos el campamento, que tenía indicios claros de ser un punto ya utilizado en otras ocasiones.  Estábamos a 3500 metros de altitud.

    Además, cuando llegamos no llovía y el cielo se aclaró por unos cuarenta minutos, y nos permitió de ver delante de nosotros la gran cordillera de Carstenz, espina dorsal de la isla de Papua, y objetivo de nuestro largo e incierto trekking por la selva.

    Muchos de los porteadores que llevábamos también se notaban eufóricos de haber encontrado el camino normal, pues a pesar de que ellos son muy fuertes y están adaptados al medio, también estaban sufriendo las consecuencias de hacer un recorrido tan exigente durante tantos días con una carga muy pesada encima.  De todos, sólo tenían experiencia en otras expediciones seis o siete, y el resto eran debutantes en este tipo de trabajo.   Por ello, también la mayoría era la primera vez que podían contemplar la magnífica vista de la Cordillera de Carstenz, y les parecía como si ahora, realmente, ya lo habían visto todo en el mundo.

    HASTA EL “CARSON LAKE”

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    La etapa siguiente ya fue otra historia.  Primero porque sabíamos seguro dónde estábamos y hacia dónde caminábamos.  Y segundo porque ya habíamos dejado la selva atrás y avanzábamos por una especie de Sabana bastante despejada de vegetación.   Pero dejar atrás la jungla no significaba, de ninguna manera, olvidarnos del barro y de la humedad.  Continuaba llvoviendo intermitentemente, y el suelo estaba casi siempre lleno de barro y, de tanto en cuanto, de largas zonas de enormes charcos dónde era muy difícil de esquivar alguna “metida de pata” hasta media pierna.

    Uno de los momentos más interesantes del día fue cruzar el rio ‘Kobu’, uno de los principales de Papua, pero que aquí todavía baja lo suficientemente estrecho como para poderlo cruzar sin problemas.  Tener la selva detrás, estar situados en medio de la Sabana y en concreto en el curso de un rio precioso, y tener las altas montañas delante, constituían una estampa insuperable.

    Hacia las tres de la tarde nos instalábamos en un nuevo campamento, también en una zona habitual dentro de la ruta normal de Sugapa al Campo Base de la Carstensz, a unos 3.630 metros de altura, dónde la altitud y el frio ya se empezaban a notar y la lluvia, por el hecho de estar tan cerca de las montañas más altas, era todavía más intensa y frecuente.

    Aquel día ‘Poleck’ se había herido en un pie.  Poleck era uno de los dos niños que, inexplicablemente, se habían unido a la expedición. Tenía once años y nosotros estábamos como indignados porque lo habían dejado venir.  Pero él, otro niño de trece años, y tres mujeres más, se habían añadido al grupo voluntariamente, supongo que en parte para poder participar de una experiencia que, para ellos también era novedosa e interesante.  De los cuatro porteadores que durante todo el viaje se hicieron daño, uno fue este niño, y otra una de las mujeres.  La cuestión es que Poleck se había clavado una astilla en un dedo y parecía dolerle bastante.  Ellos le hicieron una cura de las suyas con un poco de barro y cubriéndolo con no se qué tipo de hierbas recogidas en el camino.  Sea como sea, él llegó por su propio pie al campamento y, allí, tenía tres o cuatro días para recuperar-se, dado que la mayoría de los porteadores se quedarían allí instalados esperando a que nosotros fuésemos al Campo Base a hacer la montaña.  Estar viviendo a más altura, por las propias condiciones como vestían y vivían los porteadores, les hubiese sido demasiado duro y, de hecho, no era necesario que subiesen todos.  De esta manera el niño se pudo recuperar del todo, y así continuar la marcha de vuelta sin ningún problema.  Poleck era un chico muy valiente, que se notaba que admiraba a los mayores y más fuertes de la tribu. 

    Siempre reía y estaba de buen humor, y tenía una curiosidad enorme por todo lo que nosotros hacíamos y por todos los aparatos que llevábamos como eran las cámaras de fotos y video.  La lástima es que no hablaba prácticamente ni indonesio porqué en el pequeño poblado dónde vivía no había ningún tipo de escuela.  Sabia mal que un niño que se veía tan listo, no tuviese la oportunidad de estudiar un mínimo,  y así no estar tan a expensas de lo el propio desarrollo le comportase.  Si su sociedad se mantuviese como había sido en todas las generaciones anteriores, seguro que tendría un futuro feliz y estaría perfectamente adaptado a la situación.  Pero nosotros éramos conscientes de que, inevitablemente, y siempre con la gran duda de si esto era  o no una mala noticia, el desarrollo también llegaría pronto a Sugapa y al poblado de Poleck, y luego, estar mínimamente preparado sí que sería fundamental.  De poco le serviría ser un experto en poner trampas para animales o en tirar con arco, si casi no sabía ni leer ni escribir.  Nosotros estuvimos especulando sobre la posibilidad de apadrinarlo e, incluso, de acogerlo uno o dos años entre los tres españoles del grupo.   La primera parte nos hemos comprometido a estudiarla y ver como la podemos llevar a cabo; pero después de hablarlo mucho, hemos descartado del todo la posibilidad de traerlo  a España, pues consideramos que si luego tiene que volver a su mundo, el choque cultural habrá sido demasiado fuerte y más bien podría desestabilizarlo más.

    LLEGAMOS AL CAMPO BASE

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    Como siempre, la información que nos daba el guía Meldi, no coincidía casi en nada con lo que luego nos encontraríamos.  Nos había dicho que el último día dejaríamos el barro para encontrar un suelo básicamente de roca; pero de barro y agua todavía tendríamos que encontrar a raudales hasta llegar a final de etapa.

    De todas formas, fue una jornada muy entretenida, pues íbamos a menudo entre preciosos lagos de alta montaña, haciendo grimpadas en ocasiones bastante delicadas, combinadas con zonas llanas muy encharcadas.  Entre subidas y bajadas, el desnivel acumulado fue de casi 1.400 metros de subida.  El punto clave era encontrar el paso denominado “New Zealand Pass”, que era el que nos tenía que dar acceso al valle dónde se situaba el anhelado “Campo Base”.

    Llegamos allí hacia las 14h30.  Des de arriba el “New Zealand Pass” parecía un lugar idílico situado entre diferentes lagos llenos de aguas provenientes de los glaciares de la zona; pero cuando llegamos, nos pareció uno de los lugares más desagradables de la tierra.  El entorno era precioso, pero el lugar concreto dónde se situaba el campamento era, de una forma que rime, asqueroso.  Era difícil encontrar un lugar llano y sin demasiadas piedras que nos dejasen dormir un poco bien durante las tres noches que, como mínimo, teníamos que pasar allí; y además, estaba todo absolutamente embarrado y era obligatorio instalar la tienda  sobre una base totalmente húmeda y llena de barro.   Allí el frio, la lluvia y una humedad constante era la normalidad.  Yo he estado en diferentes campos base o campamentos de altura, y os aseguro que este ha sido el más desagradable de todos.

    Aquella noche, para variar, a la hora de la cena, tuvimos una intensa conversación con nuestro guía.  Resulta que inicialmente había previsto un día de descanso en el Campo Base antes de atacar cumbre, pero con un día de margen en caso de mal tiempo y/o de fallar al primer intento.  Pero por culpa de la magnífica excursión improvisada que nos habían organizado, ya no teníamos ningún día de margen y nos lo debíamos jugar todo a una carta si queríamos descansar un día. 

    Entonces, tres de los seis miembros del grupo, que nos encontrábamos muy bien de fuerzas, decidimos de intentar hacer cumbre aquella misma noche (se sale normalmente entre las dos y las tres de la noche), pues no queríamos arriesgarnos a que al día siguiente hiciese mal tiempo y ya no tuviésemos más opciones, sólo por haber destinado un día a descansar que nos parecía que nos lo podíamos evitar.  Meldi no quería que fuésemos solos hacia la cima, pues es muy técnica y peligrosa, y nosotros no dejábamos de estar bao su responsabilidad.  Incluso nos hizo hablar con el director de la empresa, situada en Yakarta por su teléfono satélite. Como siempre me solía tocar a mi hablar, tuve que ser yo el que me pusiese al teléfono y, más que justificarle lo que para nosotros era ya una decisión firme de ir hacia cumbre aquella noche, lo que hice fue pegarle una buena bronca por toda la pésima organización de la expedición.  Al final todo quedó en que Meldi nos pidió que fuésemos con mucho cuidado, pues decía que si nos pasaba algo en la montaña, a él le pondrían en la prisión.  Evidentemente, nosotros se le garantizamos, argumentando que no se preocupase, que nos cogeríamos fuerte a las piedras, sobre todo pensando en sus posibles consecuencias legales, y no en no quedar aplastados por culpa de una caída.

    DIA DE CUMBRE

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    A pesar de que el viaje estaba destinado a hacer la cumbre de la “Pirámide de Carstenz”, la intensidad de todo el resto parece que ha dejado en un segundo plano el objetivo principal.  Sea como sea, la escalada a esta montaña es muy interesante y atractiva, y la parte deportiva también quedó bien cubierta con la jornada de ataque.

    Esta cumbre de 4.884 metros es el punto culminante de la cordillera de Carstenz, que cruza prácticamente la isla de Papúa.  No es demasiado conocida a nivel mundial fuera de la gente que está haciendo el reto de las “7 Cumbres del mundo”.  De hecho, venir a escalar esta montaña, a pesar de que es muy atractiva, no se justificaría si no fuese por estar dentro del proyecto de las “7 Cumbres”, bien por querer hacer una expedición muy especial que nos permitiese conocer este rincón tan apartado y todavía primitivo del mundo.

    A pesar de que normalmente se sale entre dos y tres de la noche del Campo Base para aprovechar al máximo las horas de menos lluvia en esta zona, nosotros salimos a las 4h30, ya que antes estaba lloviendo a saco.

    Los primeros tramos de la escalada eran bastante asequibles incluso para mí, que era el que técnicamente estaba más flojo de los tres.  Ya hacia la mitad de la pared principal, la cosa se iba complicando cada vez más, hasta llegar a los últimos 60 metros antes de alcanzar la cresta, dónde estaba la parte más inclinada, con un grado entre 5º y 6º; pero dónde por suerte había instalada una cuerda fija para podernos asegurar.  Estábamos en la cresta hacia las 6h45, con una gran vista sobre toda la selva de Papúa, cosa no tan habitual en este lugar, pues es una montaña que casi siempre está tapada por las nubes o la niebla.  Aprovechamos para hacer unas cuantas fotos, pues a pesar de que habíamos tenido mucha suerte hasta aquel momento porque no nos había llovido y estaba bastante despejado, el panorama  no pintaba demasiado bien y nos arriesgábamos a no tener buenas imágenes de la cumbre.

    Una vez en la cresta todavía nos quedaban tres obstáculos importantes a superar.  Uno era pasar un corte impresionante en la montaña mediante una tirolina que te dejaba suspendido en el aire, con unos 350 o 400 metros de desnivel a plomo por debajo y sólo dependiendo de la fiabilidad del propio material y del buen montaje de las cuerdas.  Técnicamente pasar la tirolina no es muy complicado, pero es una actividad que, practicada a aquella altura, no es apta para los que tengan vértigo.  Además, al tener unos 12 metros entre punta y punta, inevitablemente hacía mucha barriga al colgarse una persona y luego requería un gran esfuerzo para remontar hasta el otro lado.

    Después de la tirolina todavía faltan dos pasos muy delicados, pues requieren superar unas grietas importantes en medio de la cresta, que suponían tener que dejarse ir entre roca y roca (como saltando) con el vacío total debajo.  Para mí estos dos pasos fueron los más delicados y expuestos de toda la escalada.  Especialmente el primero, dónde no había casi nada para asegurarse con fiabilidad.  Son de aquellos puntos dónde si uno se para a mirar abaho, seguro que le empieza a dar vueltas la cabeza y se le encogen los músculos haciéndole del todo imposible el dar el paso necesario para pasar al otro lado.
    A las 8h10 llegábamos a la cima de la Pirámide de Carstenz, punto culminante de Oceanía, y mi cuarta cumbre del proyecto.  La lástima es que ahora la visibilidad ya no era buena como en la cresta, y todas las fotos que hicimos quedan limitadas a las pocas rocas que quedaban visibles.  Pero a pesar de que de la foto pueda parecer hecha en cualquier montañita al lado de casa en un día de niebla, uno sabe perfectamente lo que le ha costado llegar hasta aquí arriba.  Hacer una cumbre sólo es un instante, pero que condensa todo un gran esfuerzo hecho ya no sólo durante la expedición, sino durante todo el tiempo de preparación, con todos los apoyos de mucha gente, el sacrificio familiar y el encaje siempre complicado del tema del trabajo.  Como que la temperatura era buena, estuvimos casi una hora.
    Seguidamente iniciamos el descenso que, en una montaña tan técnica como esta, siempre es delicado.  Exceptuando un par de tramos dónde pudimos rapelar, el resto requería mucha atención en cada paso.
    A las 12h00 llegamos de nuevo al campamento base.  Evidentemente, y siguiendo la tradición de esta isla, llegamos mojados.  A pesar de que la lluvia nos había respetado todo el día, a última hora, ya en el sendero que ve entre la pared y el campamento, cayó una buena tormenta que nos recordó que, a pesar de nuestra alegría de haber alcanzado la cumbre, todavía teníamos por delante cinco días (uno de descanso y cuatro de trekking), para acabar de ablandarnos antes de llegar de nuevo a la civilización.

    DESCANSO Y REGRESO

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    Una vez alcanzada la cumbre, a pesar de que hubiésemos salido pitando de allí para alejarnos de aquel campo base tan incómodo, nos tuvimos que coger un día de descanso obligatorio para esperar al resto de compañeros que lo había hecho el día antes y ahora les tocaba ir hacia arriba de la montaña.  Ellos encontraron un día magnífico; de hecho, el único en que ha lucido el sol hasta casi al mediodía.  Los tres pudieron hacer cima sin ningún problema, mientras nosotros nos dedicábamos a hacer alguna escaladita y/o grimpada por las montañas de alrededor.

    En el primer día de regreso se trataba de hacer exactamente el mismo camino de la última etapa de ida desde el campo base hasta el campamento de ‘Carson Lake’.

    Como siempre hacíamos dos grupos para andar y, nosotros tres (El italiano, el extremeño y yo) siempre íbamos mucho más rápidos, llegamos al campamento cuando muchos de los porteadores ya estaban instalados en su cabaña, pues la mayoría se habían quedado allí durante los tres días de campo base, dónde sólo subieron ocho.  Al empezar a llover, todavía no habían llegado nuestras tiendas, y nos instalamos durante casi dos horas dentro de la cabaña de los Moni, dónde pudimos calentarnos en su fuego, después de tres días de pasar frio en el campo base.

    Durante este tiempo, los que se habían quedado en el campamento de  ‘Carson Lake’,  se habían dedicado, entre otras cosas, a reponer sus reservas de comida.  Tanto los Moni como los Dani son básicamente cazadores y recolectores todavía.  Casi no cultivan nada y no tienen ganado, dejando aparte los cerdos que siempre corren libremente por el poblado comiéndose los restos de comida que les dan.  Aparte de esto tienen la suerte de que la propia selva les provee muchos elementos.  Recogen plátanos y muchos otros frutos que yo no supe identificar. También conocen muy bien las hierbas y, por eso veíamos como siempre durante la marcha las recogían y, luego en el campamento, las mujeres se dedicaban a  seleccionarlas y prepararlas.  Pero lo más les gusta es cazar.  La mayoría siempre van equipados con sus arcos y flechas, a punto de disparar a cualquier bicho.  Aparte del arco, también cazan (sobre todo pájaros) con tira-chinas; y además, siempre dejan por el camino trampas fabricadas con elementos toralmente naturales, que cualquiera se encarga de recoger cuando hay alguna presa enganchada.  Una de las piezas de caña más frecuente, aparte de todo tipo de pájaros, es una especie de canguro o marsupial pequeño (o rata gigante, según se mire), muy propio de la zona.  Siempre que cazan uno supone una buena fiesta por la noche dentro de la cabaña.

    HOY SI QUE LLUEVE

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    La segunda jornada del camino de vuelta transcurrió, de nuevo, por la Sabana llena de grandes charcos de agua y barro.  Fue un día muy largo dónde el trío de los más avanzados estuvimos nueve horas andando, y el último de nuestro grupo, el canadiense Andries, que ya empezaba a ir muy ‘tocado’, invirtió más de once horas y media, llegando, lógicamente, de noche.   Pero lo peor de todo el día, aparte de ser largo, fue haber batido absolutamente record de horas de lluvia. 

    Estuvimos más de medio día entero debajo de una intensa lluvia, en ocasiones granizada, que nos acabó de consumir las fuerzas.

    Cada día, antes de iniciar la marcha, los porteadores están unos diez minutos rezando.  Casi todos practican la religión cristiana, pues hace muchos años que dan vueltas por aquí algunos misioneros.  Pero como el mensaje no ha llegado demasiado claro, la religión es una mezcla de cristianismo con el animismo propio de sus propias costumbres religiosas.  Es una rutina que miraba de no perderme ningún día, pues da muy buen rollo ver como cierran todos absolutamente los ojos con fuerza mientras alguno de los porteadores hace de portavoz y dice las palabras u oraciones que correspondan.  Todos acaban diciendo “amén”, pero curiosamente, nadie se hace el señal de la cruz… Sea como sea, su tradición y religión es lo suficientemente compleja como para no poder comprenderla en una corta convivencia limitada, además, por las dificultades de comunicación.  Una de las cosas que sí llegamos a conocer fue la costumbre que tienen tanto en la tribu Dani como en la Moni, de que las mujeres se corten un trozo de dedo ante la muerte de un hijo, un marido o un hombre importante de la tribu.  Una de las mujeres que nos acompañaban tenía dos medios dedos cortados por la muerte de un hijo y del mejor guerrero del poblado en un enfrentamiento con los Dani ya hacía nueve años.

    DE NUEVO LA SELVA

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    La penúltima jornada de marcha nos llevó, de nuevo, a cruzar la jungla durante todo el día.  Pero a pesar de que fue también muy largo, supongo que gracias a nuestra experiencia intensa de más de cuatro días en medio de la selva durante el camino de ida, no se nos hizo demasiado pesado.  

    Constatábamos que, a pesar de ser siempre un trekking bastante exigente, el camino por la ruta ‘normal’ es mucho más asequible y variado que el recorrido extremo por la jungla que habíamos hecho a la ida.

    Ese día nos acabamos de preocupar en serio por el canadiense que, a pesar de ir ya bastante arrastrado desde hacía bastantes días, ahora ya estaba en una situación casi límite.  Le dolía mucho la espalda, estaba agotado y avanzaba demasiado lento para el recorrido que debíamos hacer cada día.  Volvió a llegar de noche junto a un par de porteadores que le hacían de ángeles de la guarda.  Por la noche le intentamos reparar un poco con algunos calmantes de dolor y relajantes musculares para que pudiese descansar al máximo y afrontar con ciertas garantías la última etapa.

    LLEGADA A SUGAPA

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    La última etapa parecía sólo de trámite, pero todavía nos tendría que traer alguna sorpresa importante.   La primera mitad transcurría por plena selva, con la dificultad añadida de que teníamos que rodera o cruzar muchos ríos.  La segunda parte fue muy bonita porque iba todo el rato cruzando pequeños núcleos de chozas a partir de Suangamma (Pueblo base de los Dani).

    Realmente no tuvimos demasiados problemas para pasar por la zona Dani.  Únicamente en una ocasión no nos querían dejar pasar debido a los conflictos que habíamos tenido en la contratación de los porteadores el día de salida, pero después de discutir un ratito, todo se arregló con una pequeña propina a cargo de la agencia causante de todo el lio.

    La jornada fue larguísima y, incluso nosotros tres que acostumbrábamos a ir más rápido que el resto, llegamos a Sugapa casi de noche.  Lo que nos pasó es que a partir del mediodía, Giuseppe, el escalador italiano curtido en mil montañas con quien compartía tienda, empezó a tener un intenso dolor en la pierna y a andar con mucha dificultad.   Resulta que una pequeña herida hecha un par de días antes, se le había infectado y tenía toda la pierna hirviendo y muy hinchada por debajo de la rodilla. 

    Intentamos ir tirando como pudimos, a un ritmo muy lento, y ayudando a Giuseppe a avanzar.   La verdad es que para Paco y yo, fue una tarde magnífica, pues la marcha tan pausada que llevábamos por culpa de los problemas del compañero, nos permitió disfrutar a fondo de un espectáculo único:  Cabañas con las familias haciendo su vida normal y absolutamente impresionante para nosotros, hombres que llegaban de cazar, mujeres que venían del campo o del bosque de buscar frutos o hierbas, Danis vestidos sólo con la “Koteka” tapándoles el pito que paseaban por allí con sus arcos, otros curiosos que nos venían a encontrar, y decenas de situaciones que nos dejarán un gran recuerdo en nuestras retinas y, también por suerte, en el disco duro de nuestro ordenador, pues agotamos las pocas baterías que nos quedaban en las cámaras, ante tantas imágenes increíbles como teníamos delante.

    Finalmente llegamos a Sugapa y, no mucho más tarde llegaron dos de los tres miembros del grupo que faltaban.  El problema, una vez más, fue Andries, el canadiense.  Había salido ya muy apurado de los dos días previos y, seguramente debido a la propia debilidad, hizo u error en un paso complicado en la selva en el primer tercio de la etapa, y se rompió todos los ligamentos de un tobillo.  Esto hizo que no pudiese avanzar más por su propio pie, y lo tuviesen que trasladar los propios porteadores durante todo el tramo restante en una especie de camilla improvisada con dos troncos y una tela.  Fueron hasta un poco pasado Suangamma, cuando la noche y la intensa lluvia que nunca nos perdonaba, los  obligó a parar y dormir un poco en una cabaña.   A la madrugada siguiente retomaron la marcha, para llegar a las cinco de la mañana a Sugapa.   Por suerte pudieron forzar y llegar, pues la avioneta nos venía a recoger aquel día a primera hora para volar a Timika y empalmar directo con el vuelo a Yakarta; y era urgente que tanto el canadiense como el italiano fuesen enseguida al hospital para tener controlados sus respectivos problemas.

    Pocas horas después, habiéndonos esperado mucho rato sentados al lado de la precaria pista de aterrizaje de Sugapa, el ruido de nuestra avioneta se empezó a escuchar y apareció insegura en medio de la niebla.  Fue uno de aquellos instantes únicos, dónde la alegría y la tristeza actúan dentro de uno mismo con tanta intensidad que se llega a sentir un dolor muy gustoso causado por la situación del momento.  Por un lado tener la seguridad de que volaríamos hacia Timika, y luego a Yakarta para empalmar ya hacia casa, nos llenaba de satisfacción, ya que después de más de 16 días en la jungla todavía no estábamos seguros de   tenernos de quedar allí algún día más.  Pero por otro lado, dejar aquel sitio y, especialmente a algunos de los personajes con quien habíamos establecido un pequeño vínculo personal, nos creaba una sensación de amargura especialmente intensa.   Casi medio pueblo nos acompaño hasta la pista de despegue y, de entre todos ellos, destacaban Telius (Mi porteador), Damien (El porteador de mi compañero italiano) y Botius (el sordomudo con quién más ‘hablábamos’). La relación con ellos había sido tan agradable, que yo diría que,  incluso, fue de un afecto sincero, y se notaba por ambas partes que nos sabía mal separarnos ahora, y ya seguramente, para siempre más.  Telius me regaló un collar, yo le regalé mis botas, y nos fundimos en un abrazo intenso que, todavía ahora estoy degustando.  Minutos después la avioneta despegaba y nos alejaba de aquel rincón de mundo duro y maravilloso, que ya será, para siempre, muy importante en nuestro bagaje de recuerdos y experiencias vitales.  Un día después nosotros volveríamos a estar inmersos en nuestra sociedad del bienestar, quejándonos por una crisis que parece que nos frena un poco la locura de consumo en la que estamos viviendo; mientras los Moni y los Dani intentaran cazar algún bicho interesante en la selva, mientras rezan no saben muy bien a quién, y van viviendo su vida tranquila y alejada de todo el mundo, esperando inconscientemente que, algún día, sin saber muy bien si para bien o para mal, la civilización también los atrape y los incorpore al circuito global de la vida considerada “Moderna”.

    Albert Bosch

    Altitud: 4.884 m.
    Localización: Cordillera de Surdinam – Provincia de Irian Jaya – Isla de Nueva Guinea
    Principales dificultades: Escalada en roca muy técnica – Acceso complicado a la montaña – Media de 5 horas al día de lluvia
    Fecha cumbre: 16 Noviembre 2008